Radiografía del empleo doméstico en Bahía Blanca (Parte 1)

Foto: Con doble oficio inmersas en el paisaje domestico un ama de casa realiza labores de peluqueria. Por Horacio Culaciatti

Pablo Ariel Becher es profesor y licenciado en Historia y Magíster en Sociología. Colaboró con esta nota para el Boletín Tramas

Introducción

El servicio doméstico constituye en Argentina, como en otros países de la región, una de las principales ocupaciones femeninas urbanas. Su peso en la estructura ocupacional resulta significativo agrupando, según la EPH- INDEC (2019), cerca de 16,7% aproximadamente de las asalariadas a nivel nacional. Hablamos de un sector altamente feminizado dado que las mujeres representan 98,5% de la población ocupada en estas actividades. Entre las mujeres de los sectores populares el servicio doméstico constituye la salida laboral más importante. A nivel nacional, algunos datos revelan que la mayoría de las mujeres que se ganan la vida a través del trabajo doméstico remunerado proviene de sectores categorizados como pobres o indigentes y más del 40% son migrantes. Se observa un bajo nivel educativo en comparación con otros trabajos, y las retribuciones salariales son de las más bajas: el 74% de las trabajadoras del sector se encuentran en el primer quintil de ingresos (Pereyra, 2015).

Este sector económico se encuentra atravesado por la precarización laboral y altos niveles de informalidad, que repercuten en las condiciones de trabajo, su salario, las modalidades de contratación, la dificultad de acceso a derechos laborales, y las pocas perspectivas de movilidad social. No obstante, es importante señalar que en las últimas décadas se ha generado una creciente preocupación por parte del Estado –tanto  a nivel internacional (OIT, 2013) como regional y nacional– por equiparar los derechos laborales del servicio doméstico con los demás asalariados.

Este estudio intenta brindar un panorama general de la situación de las empleadas domésticas en la ciudad de Bahía Blanca, para tratar de comprender sus condiciones de trabajo, su percepción del empleo y las relaciones sociales que se tejen alrededor del mismo. Por otro lado, se examina el cumplimiento de determinados derechos laborales y las formas de organización sindical que se encuentran en la ciudad.

En los últimos años han crecido las investigaciones en torno al servicio doméstico gracias al auge de la economía feminista y los estudios de género, desde diversas disciplinas científicas. Algunas de esas publicaciones se enmarcan en lo estrictamente legal, otras abordan el desarrollo histórico y social del servicio doméstico, o analizan específicamente temas como las desigualdades de género, el papel de la reproducción social de la fuerza de trabajo en el sistema capitalista, o sobre la informalidad laboral y precariedad que la atraviesa[i].

A través de una metodología cualitativa basada en entrevistas telefónicas a 12 mujeres (entre 23 y 65 años), fue posible conocer algunos aspectos (fragmentarios) de la realidad cotidiana en la que viven las empleadas de casas particulares. Se utilizó un breve cuestionario donde se plantearon ejes concretos: breve trayectoria, condiciones de trabajo, modalidad de contratación y tipo de tareas, percepción del trabajo, situaciones de discriminación o de violencias, inclusión de tareas diversas, utilización de transportes, situación en medio de la cuarentena, accidentes/enfermedades, reconocimiento de derechos y/o de alguna organización sindical. Las respuestas obtenidas por escrito, audios o llamadas directas implicaron un conjunto de respuestas que nos permitieron entender, como si fuera una radiografía, algunos de los procesos invisibilizados que ocurren en la situación laboral de muchas trabajadoras. Por supuesto, se accedió a una información limitada, repletas de vacíos y de silencios, de ocultamientos que no pudieron evitarse frente a una metodología básica en medio de una cuarentena. Pero el hecho de escuchar las voces de las protagonistas, pedirles que en medio de su tarea puedan reflexionar y permitirnos un espacio de diálogo significó el comienzo de un encuentro a futuras líneas de investigación para ahondar en este mundo laboral.

El trabajo se estructura en dos partes que dividen dos procesos específicos: por un lado, en esta edición, se explican los relatos sobre las percepciones y las condiciones de trabajo de las empleadas. En una segunda parte, que se publicará la semana que viene, se analizará la cuestión gremial y la situación actual de “trabajo en cuarentena”.

Datos y características del empleo

Un cálculo estimativo (por la volatilidad del sector) de las cantidad de mujeres que trabajan en el servicio doméstico en la ciudad estaría en 10000 mujeres que realizan esta laboral en distintas modalidades. En una entrevista con la asesora letrada de la Unión Personal Auxiliar de Casas Particulares (UPACP) (el único sindicato en Bahía Blanca de empleadas domésticas con obras social desde 2005), Claudia Libonatti, comentaba que de esa cantidad de empleadas solo un 30% está registrado. Entre otros datos nos comentó que el perfil de cada trabajadora del servicio doméstico “varía de lugar en lugar en nuestro país, con una temática e idiosincrasia propia”. En Bahía Blanca “provienen de un sector vulnerable, con estudios secundarios incompletos, o completos, aunque sin analfabetismo”. En relación a la cuestión inmigrante, la UPACP tiene muchas afiliadas de procedencia boliviana, de ascendencia chilena y muy poco de procedencia paraguaya, peruana y venezolana. Aún así predominan nacidas en la ciudad.

En Bahía Blanca es significativa su relevancia en el mercado de trabajo. Es uno de los sectores que más mujeres ocupa junto con la actividad comercial y la enseñanza. Según los datos de las entrevistas y de la UPACP, encontramos en la ciudad dos modalidades básicas de contratación: por jornada parcial, jornada completa o por horas. La gran mayoría de las personas que trabajan jornada completa trabajan para un solo empleador y lo hacen en la modalidad con retiro. La proporción de empleadas que residen en el domicilio del empleador (Cama adentro) se redujo significativamente hasta casi dejar de existir. Las trabajadoras de tiempo parcial regulan su actividad con uno, dos empleadores y alguna tarea extra ajena.

En la ciudad, las empleadas que trabajan a jornada completa lo hacen en el cuidado de personas (adultos mayores), mientras que las trabajadoras de jornada parcial realizan actividades de limpieza o cuidado de niños por horas. Con jornada parcial, la persona brinda un trabajo por menos de 48 horas semanales, yendo seis, diez  o doce horas semanales, con días alternados o continuados. La persona que brinda jornada completa va 48 horas de trabajo o 16 horas de trabajo a los efectos del aporte. Sobre este punto cuando están en blanco y no llegan al mínimo, de 1041 pesos, deben hacer un aporte extra a la obra social para llegar y utilizar el sistema, y otro aporte ínfimo para la jubilación.

También se observan casos minoritarios de empleadas monotributistas, muchas veces mal informadas o asesoradas por los propios empleadores. Esta situación encubre una relación asalariada y puede denunciarse cuando una empleada reclama por su regulación. La tercerización, o la colocación de empleadas por empresas, están prohibidas en casas particulares, pero lamentablemente transcurren. El dueño del domicilio debe responder por su trabajo.

La ley 26844, que en 2013 sancionó el “Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares”, dio la posibilidad a las empleadas de casas particulares de tener su propia paritaria e instituir un piso salarial. En el 2020, la paritaria se cerró unilateralmente por parte del Ministerio de Trabajo y sin consenso, con un aumento de 10% en dos cuotas, marzo y mayo. La UPACP informó que el salario con retiro para la quinta categoría (personas que hacen tareas generales), es de $19.777 y el valor por hora de $155. Para el Personal de limpieza el salario mínimo debe ser de $19.785 y valor hora $144,50, lo que equivale a un salario un poco superior al salario mínimo vital y móvil.

A continuación se exponen sintéticamente algunos de los fragmentos de los relatos obtenidos en las entrevistas a las empleadas domésticas. Los nombres de las personas fueron cambiados deliberadamente para preservar la identidad de las mujeres. Observaremos que varias de ellas tienen trayectorias profesionales y familiares diversas, que repercutieron en el desarrollo de su tarea. Por otro lado, esas diversas formas de adoptar el empleo están en consonancia con estrategias sociales más amplias de mantener su familia, aumentar el salario, recomponer su trabajo cotidiano, o de obtener otros empleos de calidad.

Las voces de las trabajadoras

María (de más de 40 años) es niñera de dos niños con discapacidad y trabaja por semana en jornada parcial por hora. También hace limpieza de casas de 15 a 18 hs. de lunes a viernes. Hace pocos años que tiene ambos trabajos y aún no está en blanco. Tuvo reducción horaria, según le dijeron, hasta que se mejore la situación. La situación la está afectando económicamente. Su salario es de alrededor de $2.250 y los patrones le pagan el colectivo. Desde el comienzo de la semana hasta entrado mayo no trabajó en el cuidado de niños y siguió recibiendo su salario. Sin embargo, en el trabajo de limpieza tuvo que continuar. Sus empleadores le dieron dos barbijos y el alcohol en gel que se lo compra ella. Tiene miedo de viajar en colectivo, que además no funciona a tiempo, pero toma todos los recaudos, limpia su cartera, se coloca lavandina en las zapatillas antes de entrar, se cambia la ropa que deja en el garaje. Lava su ropa por separado. Ella dice: “No me siento discriminada en mi trabajo. …Hable con mis patrones, para que me pongan en blanco, me dijeron que sí, cuando pase un poco lo de la pandemia”.

María trabajó en una empresa de limpieza en blanco durante dos años, pero decidió dejarlo. Actualmente se siente a gusto con sus dos trabajos y la tratan bien. “La diferencia de un trabajo del otro se nota, en la Empresa te pagan la jubilación y tenés obra social. En el trabajo de niñera al ganar por horas, no te pagan, en la Empresa sí…”.

Pablo: Y el trato ¿cómo es? ¿Hay peor relación en el ambiente de trabajo?  

María: Un poquito. En la empresa siempre te va a exigir a mantener el orden y la limpieza a full. En el trabajo de niñera, me dejan hacer lo que me parece que esté bien. Igualmente cuesta conseguir trabajo, y son dos trabajos distintos. En el de niñera estoy casi 70% sola con los nenes… no he tenido problemas para nada, hasta ahora marcha todo bien.

Del trabajo de limpieza ha tenido dolores en la espalda pero nunca alergias. “De los derechos de trabajo, tengo conocimiento, por eso les pedí que me pongan en blanco”, expresa.

Melisa tiene más de 30, y hace limpieza del hogar desde hace diez años. Trabaja en blanco en dos casas y tercerizada en otra. Está absolutamente en blanco y gana con todos los trabajos alrededor de $25.000. Comenzó porque “no había otra manera”, ya que no tenía estudios. Ella comenta:

Desde que arrancó la cuarentena no estoy trabajando. Utilizó transporte público para ir a las casas. Los barbijos los compré al igual que el alcohol en gel, sólo para el aseo de la casa uso las cosas de los patrones… en general cuando vuelvo a mi casa ayudan con las tareas del hogar”. ¿Si conozco mis derechos? Sí. Trabajo hace muchos años por lo tanto me tratan con confianza y respeto. No hago tareas que no me corresponden y mis patrones aceptan eso.

Valeria (40 años) realiza limpieza de casa de familia desde hace 1 año, aunque ya tiene bastante antigüedad (14 años) en la actividad. Entró a trabajar por recomendación de alguien cercano y por su propia experiencia. Está en blanco por 20 horas semanales, cuatro por día. Gana $13.000 al mes. Si tuviera otro trabajo haría otra cosa, “pero no estudié y bueno…”. En la cuarentena trabaja con barbijo, alcohol en gel y practicando un protocolo. El patrón se lo paga. Se moviliza en moto. “Tengo una relación bárbara y en cuarentena trabajo los días y horarios que puedo. Mis patrones son profesionales. Me hacen sentir parte de la familia, tengo una buena experiencia”.

Aparte de la limpieza, no hace tareas extras. Durante la cuarentena usa mucho alcohol, se saca el calzado antes de entrar y no se saluda, “como lo habitual”. Le molesta trabajar con barbijo, aunque con guantes está acostumbrada. Nunca tuvo un inconveniente con sus patrones. No conoce ni tiene idea de sus derechos laborales. Ante la pregunta sobre las “cosas buenas y malas del trabajo”, comenta: “por ahí pasar frio, calor…y hacer todo lo mismo que uno hace rutinariamente a veces cansa… Se sufre de dolores de espalda y alergias…”

Laureana (63 años) a diferencia del resto trabaja por turno junto con otras tres compañeras más desde hace seis años en el cuidado de adultos mayores. Con 8 horas de trabajo diarios gana $30.000.

Yo llego a las 12 hs., puntualmente hasta las 20hs. Preparo la comida, comemos con la abuela , lavo la vajilla, piso de la cocina, repaso el baño, acuesto a abuela y ahí descanso un rato yo también, porque tengo 63 años y muchos trabajos en servicio domésticos… No estoy en blanco pero tengo vacaciones pagas, francos semanales: no trabajo los domingos. No elegí mi trabajo, se dio al quedar viuda a los 28 años con dos hijas muy chiquitas, en ese tiempo en los años 90 tenía 3 casas donde limpiaba por hora. Me encanta trabajar con personas mayores. Tengo libertad de hacer las cosas a mi manera. Nunca tuve que realizar nada que no me corresponda en este trabajo, pero hace muchos años atrás si, hacia otras tareas. Ahora estoy tranquila porque me cuidan, trabajo como en casa, se preocupan por mí, y todo lo que se refiere a la higiene lo paga el patrón.

“Cuando vuelvo a casa me ayuda mi nieta, no hago nada; llego, me baño, ceno y me acuesto”. Laureana tuvo buenas y malas experiencias, pero después de mucho tiempo se siente a gusto con su trabajo. Tuvo años muy sufridos, con problemas de salud, que arrastra desde que comenzó a trabajar a los 11 años en la carnicería de un tío. El desgaste le pasa factura pero sigue adelante como una “guerrera”, cuenta su hija.

Juana (30) tiene mucho para decir en doce años de trabajo, pero prefirió contarlo por escrito. Trabaja en limpieza general en dos casas domésticas y en el ámbito comercial. Ella siente angustia y plantea las injusticias que vive como trabajadora. Trabaja 12 horas por día, para obtener alguna diferencia.

Elegí porque no tuve otra experiencia laboralmente teniendo secundario completo…costó acostumbrarme ya que es poco remunerado, por el trabajo que se realiza, hasta el día de hoy…Mucho no me gusta… pero no me siento mal x hacerlo ya que me permite valorarme x mi trabajo que realizo con mucho esmero… costó ejercer la experiencia, en este rubro, porque los patrones o los lugares de servicios no son muy solidarios o no hay compañerismo (…) Hoy en la actualidad, por la parte económica no me han dicho nada de un arreglo económico… sobre otros cargos y las horas extras no me ayudan para mi supuesta futura Jubilación, ya que no son la mayoría por recibo… en eso también estoy en lucha, porque buscan la manera de obtener ganancia económica por parte del empleador, pero hacia el personal…dejan mucho q desear…

Pablo: – ¿Te sentiste discriminada alguna vez tanto por tus patrones o por tus compañeros?

Juana:Sí, sí…lo vivo en estos momentos…a veces es angustiante… y busco la manera para que no me afecte ya que a veces mantengo contacto con las personas que establezco diálogo de convivencia x algunas personas que se demuestran humanas y solidarias… son contadas, pero se valoran mucho en lo personal, ya que te llenan de algo positivo para seguir y finalizar el día… Es angustiante trabajar mucho y recibir poco… pero bueno de mi parte dejo lo mejor, porque Dios todo lo ve aunque a veces decaiga…”

Juana hace natación porque “la relaja corporalmente y mentalmente… Estoy estresada con todo esto, cuesta remontar el día”. En cuarentena estuvo trabajando desde el primer momento. En su relato comenta que cayó varias veces descompuesta por el mismo estrés del trabajo. Usa barbijo, guantes y alcohol en gel, todo de su bolsillo. “El barbijo es imposible usarlo me asfixia, me da nauseas…pero en el trabajo no me creen, son muchas horas con eso puesto no me sirve.”

Juana en general tiene una relación estable con sus patrones. Hasta ahora se lleva bien,

Evito malos entendidos y trato de tener una comunicación sincera de parte mía hacia ellos. Por el tema de las faltas o pedidos de días para mis eventos sociales como los torneos de natación… En eso puedo estar tranquila, ya que ellos me dijeron que no iba a tener problemas, si les comunicaba con tiempo. Así que en eso no estoy disconforme, porque trato de responderles de la mejor manera con mi trabajo para que me tengan en cuenta a la hora de dirigirme con ellos… Este año me sorprendió que me llamaron clientes a los cuales les ofrezco servicio de limpieza para trabajar en las fiestas: que te tengan en cuenta ayuda a seguir. Saben de mi por el boca en boca, ven mis servicios prestados y circula en otros lugares.

Juana sufre de dolores de espalda, hernia de disco, y alergias en las manos por el uso de guantes. Muchas veces se los saca porque le da sensación de aspereza o picazón. Con respecto a las tareas cuando vuelve, hace la comida y limpieza de la casa, sobre todo los fines de semana. En general recibe ayuda de su familia, y ella a su vez intenta acompañar a sus hijos en todas las actividades que pueda.

Lorena tiene 36 años y realiza las dos tareas: cuidado de 2 niños y limpieza de hogar. Trabajó seis años y los últimos cuatro en blanco, con beneficios de aportes. Utilizo la obra social de las OSPACP. En la actualidad cumple 5 horas diarias de lunes a viernes. Cobra el salario acorde por el sindicato doméstico. Ejerce su actividad con “total libertad” y nunca tuvo inconvenientes ni se sintió discriminada. Plantea que eligió el trabajo por ser de medio turno, “ya que también tenía una hija a mi cargo. El cuidado de niños sí me gusta, la limpieza no, (fue un acuerdo por algo más de dinero los últimos dos años)”. Los elementos de higiene y protección personal lo pagan los empleadores. No utiliza transporte público. En su casa “las tareas de limpieza se reparten (aunque recaen un porcentaje mayor sobre mí)”. Con respecto a la relación con lo sindical Lorena, se puso al tanto de sus derechos laborales al “blanquearse” su trabajo. “Obtuve información brindada en el sindicato que funcionaba junto con la OS. Su panfletería, etc. Me llevó a interiorizarme en su momento”.

Estela es la más joven de las entrevistadas, con 23 años. Realiza limpieza general de casas y cuidados de chicos, transportándose con su propio vehículo desde hace un año. Se encuentra en blanco y recibe todos los beneficios. Su salario ronda los $11500, por 20hs semanales. En febrero de 2020 empezó a trabajar en otra casa, donde hace las mismas tareas, solo por 8 hs semanales por 6600$. “Ahí no me tienen en blanco, pero en época de cuarentena hasta ahora siguen pagándome el sueldo”.

Estela: No lo elegí, pero no tenía otra opción, necesitaba trabajar. Claro q no me gusta…aunque tengo libertad para hacer las cosas a mi manera.

Pablo: – ¿Te sentiste discriminada alguna vez?

Estela: – Sí me sentí así, cuando los niños me trataban mal o cuando me mandaban a barrer las hojas del patio, lo detestaba!!!

Al volver del trabajo, en su familia colaboran con los quehaceres del hogar.

Ivana de más de 50 años, no está trabajando en cuarentena. Desde hace 29 años, realiza tareas de limpieza general. Su jornada es parcial de tres horas por día, tres días a la semana (9 horas semanales). Su trabajo se encuentra vinculado a casas particulares y consultorios médicos. En general hace las cosas con cierta libertad. Tiene obra social y en verano se toma vacaciones acorde con la licencia anual ordinaria de sus empleadores. Su salario ronda los $5.000. “El trabajo no me gusta, pero tengo que trabajar… No me siento discriminada ni incómoda, y cuando vuelvo a casa hago las mismas tareas, porque nadie ayuda”, dice ella.

Lucía tiene 56 y trabaja desde que tenía 14 años. Ahora está jubilada. Hizo limpieza general, incluyendo actividades como, lavar, planchar y a veces hacer la comida. Pero en los últimos años de trabajo se dedicó a la jornada completa de cuidar adultos mayores.

Siempre trabajé en negro y de ahí deriva que no tenga ningún tipo de aportes. El último trabajo que tuve estuve trabajando 14 años para una señora, que siempre me tuvo en negro siendo que ella era empleada activa en la AFIP…después se jubiló y yo seguí trabajando allí, hasta el año pasado (2019)… Ahora estamos en instancias judiciales, cuando habíamos hablado para que me pusiera en blanco, me dijo que sí y resulta que nada, terminamos en juicio. (…)

[Esta señora] no salía de la casa prácticamente…yo le tenía que hacer los mandados, tenía que ir a la farmacia, llevarla al médico, llevarla a cualquier cosa que tuviera que hacer, la acompañaba…y eso no me lo pagaba. Lo hacía yo de buena onda, pero no me lo reconoció, no me reconoció nada y yo… la cuidé más que los hijos, pero no me lo reconoció en ningún momento. Con esa señora que estuve tantos años, en un principio era una relación llevadera, nos soportábamos… ella al ser una mujer grande por ahí se ponía insoportable y yo me la bancaba… pero este último año ya fue terrible porque era encontrar comida podrida en la heladera, sacarle la orina de la pieza, y después este, el baño era un desastre … pero bueno como ya habíamos llegado a un arreglo para que me pusiera una parte de los años que estuve en blanco, yo quería los aportes jubilatorios porque yo ya soy grande también… soporté, soporté y bueno a lo último me maltrataba verbalmente ella, siendo que yo la llevaba al médico y todo viste… pero bueno me maltrató bastante en el tema verbal, psicológico… soportaba porque quería que me hiciera los aportes jubilatorios nada más, pero no llegamos tampoco a eso…o sea que fue bastante ingrato el último año, más que los otros.

Para Lucía este último trabajo la marcó fuertemente. Y las instancias legales le generaron también la posibilidad de acercarse al sindicato, aunque según ella “no sirvió de mucho”, porque la derivaron a un abogado particular. Tuvo bronquitis en varias oportunidades de baldear en chancletas la casa, el garaje y el patio, nunca tuvo cobertura de accidentes, y tuvo poca ayuda: “pienso que como yo a mucha gente les pasa: están cuidando a gente que es bastante desagradecida e ingrata después y te vas a quejar al sindicato y no te ayudan en nada”.

Roberta tiene menos de cuarenta años. Comenzó hace cuatro años a trabajar cuidando a un niño desde que era un bebé de cinco meses. Los patrones la tienen en blanco. Y su salario promedio “es el que corresponde”, de acuerdo al sindicato o a la paritaria del sector. Viaja en moto y el viático se lo pagan. “Elegí trabajar de servicio doméstico porque fue algo que me surgió de trabajar de niñera y nada…como tengo afinidad con los niños …hoy por hoy lo amo a M. y amo cuidarlo también así que muy encariñada con él”.

En tiempos de cuarentena, Roberta no trabajó y siguió cobrando el salario. Está al tanto de la situación y realiza a rajatabla un protocolo de cuidado e higiene. “Nunca tuve un problema, tengo unos jefes hermosos, bárbaros, súper-respetuosos con todo, valoran el trabajo así que no tengo nada para decir, estoy agradecida”.

Natalia tiene 63 años. Actualmente jubilada, cuenta con todos los aportes de su trabajo, aunque sigue trabajando en el mismo domicilio en blanco, durante cuatro horas diarias. Normalmente viaja en colectivo que le pagan sus patrones. Tiene una familia que la apoya cuando vuelve del trabajo. En tiempos de cuarentena ella estuvo en su casa con el reconocimiento de su salario. “Hago tareas específicas de limpieza. Hace diez años que estoy trabajando. Estoy en blanco, me pagan ART, obra social, jubilación y vacaciones. El salario mío es lo que dicta la reglamentación y por ahí un poco más porque me paso unos minutos. Y me lo reconocen. Me gusta mi trabajo y estoy muy cómoda.”

La relación con mis patrones es muy buena. Son muy considerados, y se preocupan por mis cuestiones personales. Siempre han sido así. Me siento muy cómoda. Tengo libertad de actuar como yo quiera dentro del domicilio de ellos. No hago actividades extras. No me siento para nada discriminada ni poco dignificada… Conozco mis derechos y conozco el sindicato y estoy al tanto de todo. Estoy asociada al sindicato. Acudí al sindicato para poner al día mi obra social, para poder tener atención médica, y además dan muchos cursos. Y también tengo acceso a la caja de navidad de fin de año por la cómoda cuota que da el sindicato, así que me parece bárbaro.

Verónica tiene alrededor de 37 años, y es empleada doméstica desde hace doce años. En el último tiempo, trabajaba por hora y realizaba estrictamente tareas de limpieza de cocina, habitación, baño y comedor. Cobraba además el transporte que ella realizaba en moto, o en colectivo. “No cocino, no plancho y no lavo, porque al trabajar por hora no incluye esas actividades, ya que llevan más tiempo”. Actualmente, tiene una “licencia por maternidad” desde diciembre, y con la extensión de la pandemia, no fue reconocida así que se encuentra desempleada. Trabajaba cuatro o cinco horas por día tres veces por semana, con un salario de $12.000.

Mi primer trabajo doméstico fue cuando tenía 24 años. En ese tiempo lo que yo recalco no era un trabajo muy bien pagado y las condiciones de trabajo era opresivas y denigrantes. Pero bueno eso va con respecto a cada época, hoy cambiaron las cosas…Hay gente que no respeta esas cosas, de valorar a la persona que tiene, y que si bien cumple un rol que ellos mismos deberían cumplir, pienso que mucha gente cree que estamos en la época de la esclavitud: te tratan mal si se te rompe algo, como que cometiste una falta grave…no te podes enfermar (…)

En realidad comencé a trabajar en el servicio doméstico cuando se me complicó con mi nene, yo fui mamá soltera, y mi nene requería de mi presencia, porque teníamos la ausencia de su papá… yo había terminado el secundario, pero a mí no me convenía, estar en otros trabajos que me llevaban más tiempo. Así que por ese motivo decidí buscarme un trabajo de medio día para poder estar con el niño la mayor parte del día.

En el año 2019 fue la primera vez que regularizó su situación. Según ella no fue por voluntad propia, sino por sus propios empleadores. “La verdad no sé cuál es el motivo, pero esto de trabajar en negro te lleva a perderte lo que es la obra social, la jubilación las vacaciones no tenés el ART, por lo que si te pasa algo perdés lo que trabajaste en el día… No tenés un amparo en caso de que te dobles una pierna, o si te caes de una escalera, no te cubre directamente en nada… Por supuesto, hay gente que está predispuesta a tener sus empleados en blanco, no digo que todo sea de no pagar, o que la gente no se quiera poner al día con estas cosas”.

Sobre las características del empleo y su relación con empleadores, comenta:

Me gusta limpiar, siempre y cuando sea respetado… bueno he pasado por varios trabajos, y me quedé en los últimos años con la gente que realmente te valora o te trata de manera diferente, pero si vos trabajas bajo presión en un ambiente muy desagradable, ya sea por malos tratos o que te pasan cosas como recibir malos tratos de la persona adulta sino también de sus hijos, entonces esas condiciones de trabajo no son agradables, uno renuncia a esos trabajos. Pero cuando te tocan personas lindas a las que podés dar una mano, es una ayuda mutua, yo les doy una ayuda en roles que deberían cumplir ellos (…) Con respecto a la relación en este tiempo de cuarentena con mi patrones la verdad es que es la misma de siempre…uno llega a tener una relación con sus patrones después de varios años, y aun así está siempre esa brecha entre el empleador y el empleado. Muy pocos te llaman para preguntarte como estas, si necesitas algo, y más en esta época…yo creo que no me pasa solamente a mí, en este tiempo he escuchado mucho a mi vecina, a mi hermana a mi suegra, que no hay una relación genuina entre un patrón y un empleado: siempre esta esa brecha. A no ser que haya alguien que haya pasado muchos años dentro de una casa que capaz que es otro el trato. Pero en general la relación es así empleador y trabajador no hay algo más allá de eso…puede haber un cariño y una preocupación hasta cierto punto, pero no una empatía muy cerca por el otro. (…).

Yo me he sentido discriminada y poco dignificada. En realidad es la gente, porque uno piensa esta brecha que hay entre el empleador y el empleado es la que hace que uno se siente discriminado o que la otra persona te haga sentir menos ¿no?, porque te está pagando, porque tiene más estudio, porque tiene más conocimiento, eso es lo que te lleva a sentirte discriminado…. Y también las actitudes, el mal trato, yo trabajé en un consultorio donde una vez una señora que pertenecía al staff me preguntó de mala forma, gritándome, si había limpiado la sala porque ella lo tenía que tener limpio…ni me saludó, ni me dijo buen día… esas actitudes así te molestan, te hacen sentir mal. Tenés otro tipo de personas que si te tienen que pedir algo te lo piden por favor siempre usando buenos tratos, no porque uno esté haciendo el servicio de limpieza, que supuestamente está allá abajo en lo último, uno merece ser tratado de esa forma…Yo justo estaba estudiando y hacia las cosas de la mejor manera posible. Llamé a la que me había contratado y le dije que no iba a ir más”.

Según ella siempre trabajó con un “reglamento”, y con los dictados de sus patrones. En general es una libertad a medias. Sigue pautas que le aceleran la limpieza, pero mayormente es una rutina, que cansa y muy pocas veces se cambia. Ella no hace actividades extras en su vida personal, lo que vive lo vive en relación a los tiempos de su familia. Para ella es importante el respeto, “porque hay personas que lo hacen porque les gusta y otros por necesidad”. La idea de respeto, agradecimiento y reconocimiento por la labor, cobran una importancia particular para ella: “Muchas veces me sentí discriminada en el hecho de que me enfermo o me pasa algo y están todo el tiempo apurándote ¿ya estás bien? Bueno vení a trabajar…No respetan tus tiempos para recuperarte, no te lo valoran… y eso es lo único que piensan en que te recuperes para poder seguir trabajando. Y agrega, “con que digan “gracias por ayudar a dejar la casa linda”, alcanza para valorar lo que uno hace…”

Verónica rehízo tu relación de pareja con otra persona y al principio les costó acostumbrarse, porque ella volvía y tenía que seguir trabajando en su casa y aparte cuidar al nene. Con el tiempo su compañero lo fue entendiendo y comenzó a acompañarla a la par en las tareas de su propio hogar.

En relación a los derechos laborales, afirma que conoce muy poco, porque no se ha puesto a indagar sobre el tema. Según ella la propia desvalorización hace que no quiera saber mucho de sus derechos, ya que teme reclamar y ser despedida o de perder la confianza del empleador. Según su visión, el empleador tiene que reconocerla como corresponde, “pero son cosas que muchas veces no se respetan… en estos momentos que la pasamos mal estaría bueno que el empleador reconozca porque vos dejas tu salud ahí adentro, a medida que van pasando los años vos vas sintiendo dolores en los huesos, en la cintura, en las piernas, tendinitis, que se producen de tanto subir y bajar escaleras, de tanto retorcer el trapo de piso, uno va a dejar el cuerpo en el trabajo…”

Análisis

Estos relatos nos invitan a reflexionar sobre las condiciones de empleo, su percepción como trabajo y el reconocimiento de la tarea. La visibilidad de la actividad como una salida laboral por una “infancia dura”, por la obligación y/o necesidad de trabajar o por la falta de estudios, son claves para entender la relación que las trabajadoras tienen con el servicio que brindan, en conformidad o con disgusto. En general, es un trabajo intenso en relación a las horas cumplidas, con largas jornadas de atención, un ritmo rutinario y monótono.

Más allá de cómo desarrollan sus actividades específicas, sea limpieza o cuidado, las diferencias más interesantes en este sector laboral se pueden observar en las diversas inserciones laborales parciales o completas y las empleadas que cumplen pocas horas semanales en días discontinuos (Pereyra y Tizziani, 2014).

Las empleadas de jornada parcial o que cumplen pocas horas semanales tienen la posibilidad de negociar con mayor facilidad un salario. En general tienen mayor flexibilidad para poder complementar su actividad con otras tareas, los horarios que cumplen se encuentran en una franja que les permite además poder vincularse con su familia o compatibilizar con su rol socialmente atribuido “como esposas y madres”. Tienen más capacidad de negociación y en general es interesante ver en algunos casos cómo esta idea de correspondencia implica el pedido de alguna retribución en tiempo (para hacer actividades propias, faltar en casos particulares), salario o reconocimiento. En general las jornadas parciales, que permiten un mayor margen de autonomía de las trabajadoras, se manifiesta también en la mayor fluidez que presenta en la movilidad entre un puesto y otro dentro de esta modalidad de trabajo. Pueden darse el caso de abandonar o renunciar más fácilmente que si tienen un empleo a jornada completa, lo que implica un escaso compromiso de continuidad tanto por parte de las trabajadoras como de los que las contratan. Este segmento laboral de empleadas domésticas manifiesta mayor desinformación de la reglamentación laboral, desinterés y en general una falta de deseo de conocer las consecuencias del registro, donde se confabulan mitos y miedos como perder las asignaciones sociales o perdida de la cobertura social del cónyuge.

Las entrevistadas manifiestan contundentemente que no hacen otras actividades más allá de limpiar o cuidar personas. Sin embargo, la pluri-actividad está presente y hasta se solicita directamente por las empleadas por hora para obtener mayor salario. Esta situación les permite negociar un salario más alto (a veces de 250 0 300 pesos la hora), si además de cuidar a los chicos, limpian la casa.

Se observa que las remuneraciones salariales son inversamente proporcionales a la cantidad de horas trabajadas. Es decir, a menor horario pareciera que ganan más. Las trabajadoras de jornada completa tienen un salario más rígido, pero más estable. Esa es precisamente la contracara de las trabajadoras a tiempo parcial o por horas: tienen mayor inestabilidad en los ingresos y un escaso acceso a derechos laborales.

En cambio, la jornada completa está asociada a un trabajo más tradicional. Ejemplificada mayoritariamente con el cuidado de personas, se relaciona con cierta estabilidad y periodicidad mensual. Los días y horarios están organizados en función de las tareas a realizar. Las entrevistas brindadas nos muestran un porcentaje elevado de empleo no registrado en esta modalidad de trabajo, aunque en general relacionado con un tiempo completo, con salarios designados de forma unilateral por el empleador. Las horas y los ritmos de trabajo suelen ser impuestos por el empleador, pero la realización de las actividades puertas adentro tiene cierta “libertad moderada”.

Si bien es cierto que una clase media, media-alta más formada ha comprendido la necesidad de regularizar el servicio doméstico, (o le conviene por la reducción impositiva en ganancias), sin embargo, ¿por qué persisten altas tasas de empleo no registrado? Según Claudia Libonatti no se trata sólo de desconocimiento:

Es un punto muy importante: hay varios motivos: primero, toda relación que se mantiene en la clandestinidad es difícil de descubrir, si algo pasa con la trabajadora no voy a tener que responder legalmente, es una relación que no se sabe está en negro; motivo 2, tengo que registrar a la empleada y ¿cuánto me va a salir? Entre que le tengo que pagar el sueldo, le tengo que pagar la enfermedad y no va a trabajar, etc., ¿cuánto me va a salir? Si es mucho, mejor no la registro…; y tercer motivo, la empleada misma “le pide” que no la registre, para no perder los beneficios, de tener un plan, de tener una asignación… lo cual constituye un error.

Claudia nos explica que poner en blanco a una empleada doméstica tiene un bajo costo, porque tiene menos cargas que otros empleos, como comercio por ejemplo. “El costo va de acuerdo a la cantidad de horas que trabaja la empleada: si trabaja hasta 12 horas semanales, si trabaja de 12 a 16 horas semanales o de 16 horas o más, en el mayor de los casos el aporte por más de 16 horas semanales es $1.600, de los cuales unos mil pesos corresponde a la obra social, lo que asume la trabajadora, por su salario. Por lo tanto es irrisorio lo que tiene que pagar un empleador si la tiene en blanco”. Agrega algo crucial: “si lo vemos en el frío calculo, de un negocio, el mejor negocio de un empleador es tenerla registrada para no tener problemas legales posteriormente”. Sobre esto nos preguntamos si la cuestión de las demandas judiciales no constituye un efecto conspirador contra la posibilidad de regular a las empleadas. Es probable que un sector de la clase media, media- alta prefiera evitar los juicios pero en otros casos asumen los riesgos, hasta que suceden. Por otro lado cabría preguntarse sobre las formas en que la propia normativa también atenta contra la regulación, al establecer restricciones y exclusiones en detrimento de “las empleadas por horas”, modalidad que se expande velozmente en la región.

Una cuestión fundamental en la tarea del empleo doméstico es que se desarrolla en el domicilio del empleador y no en una unidad productiva (empresa o fábrica). El trabajo se realiza de manera individual, es decir separada de un colectivo de trabajadoras. Las tareas realizadas son especificadas por el empleador/a, de acuerdo a lo que considere que debe hacerse en la casa y de qué manera. El trabajo transcurre en soledad, bajo la supervisión directa o indirecta de la empleadora.

La naturaleza de las tareas de la empleada doméstica se encuentran en el seno de un debate importante por considerarse como “esencialmente femeninas” dado que inherentes al rol asignado de la mujer en el hogar –preparación de comidas, limpieza y tareas de cuidado de niños y ancianos. Esta idea patriarcal funda entones la relación de la empleada que trabaja en relación de dependencia, extendiendo sus actividades domésticas en otra familia donde brinda sus servicios, porque “la mujer trabajadora viene a reemplazar o complementar el rol asignado al de ama de casa”. Lo ridículo de esta noción es que justamente las actividades domésticas que realiza la mujer fuera del ámbito laboral, en su propia casa, son consideradas como no-trabajo, desde una mirada androcéntrica (Gorban y Tizziani, 2015).

Otra cuestión es la de considerar a las trabajadoras domésticas como parte de la familia o del círculo próximo. No es que las empleadas y/o empleadores no sientan un afecto mutuo, pero el problema es que esa situación contribuye a invisibilizar la naturaleza de esta relación laboral. Se impone una imagen de solidaridad, de “ayuda laboral” que ejerce otra mujer en relación a una casa ajena, y esto no permite reafirmar la identidad y el verdadero valor del trabajo y de sus derechos. A su vez, esta lógica repleta de valores morales, contribuye a romantizar la tareay en muchos casos cuando ocurren problemas serios, o problemas económicos entre empleador y empleada esta cuestión se difuma para volver a la objetiva relación asalariada entre partes.

Por otro lado se observa un problema evidente: el argumento de que el empleador y la empleada son dos trabajadores que colaboran el uno con el otro. Aquí no se explican las diferencias asimétricas en las posiciones de los sujetos, ni su profesión, ni su desigualdad en términos económicos (¿acaso un abogado, un profesor universitario o un profesional que trabaja cobra lo mismo que una empleada doméstica? ¿Es posible equiparar ambos trabajos como argumento de relación solidaria entre partes?). La equiparación del empleador con “otro trabajador” –sin discriminar de qué tipo de trabajadores se trata en cada caso– apunta a generar un pie de igualdad entre ambas partes en la relación laboral. Sin duda se trata de una abstracción que pasa por alto los diferentes trabajos, ingresos y condicionamientos que enfrentan uno y otro tipo de trabajador. La incorporación de la empleada doméstica en una casa está cargada de asimetrías quiérase o no. Existen agradecimientos, relaciones de amor y de respeto que forman parte de esa relación, pero cuando se discuten salarios, condiciones y tiempos lo que predomina es otra cosa.

La cuestión de la invisibilización de la reproducción social de las mujeres y cómo influye en el ámbito doméstico es fundamental para repensar de qué manera se instituye y piensa este “trabajo- servicio”. El valor de la domesticación de la esfera privada y el papel que cumplen las empleadas domésticas perpetúa dentro de la economía del cuidado la lógica de reproducción del capital y la esfera de dominación masculina (dentro de la división sexual del trabajo instituido). Es evidente que el crecimiento de este sector económico- y de su no registro- se encuentra asociado al sexismo y a las dificultades propias de acceso igualitario al mercado laboral.

Por otro, lado la idea deinterseccionalidad (Davis, 1981) pensando el papel de las clases populares y las mujeres migrantes que mayoritariamente trabajan en este rubro, permite entrecruzar las relaciones entre género, clase y la cuestión racial, poniendo en evidencia las formas de opresión que atraviesan las relaciones de trabajo en el servicio doméstico.


Por Pablo Becher. Colaborador especial

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