Maternidades, trabajos y tiempos. Parte II

La maternidad es una vivencia a la vez íntima y social. No es lo mismo ser madre acá o allá, antes y ahora. Siendo una piba, siendo más grande, pobre, profesional, blanca, negra, marrón; de prepo o por deseo. La maternidad no es una esencia universal: es un ejercicio, situado, que practicamos. Y en ese hacer, se cruzan opresiones y potencias.

Desde esta perspectiva, nos planteamos el abordaje de las relaciones entre maternidades, trabajos y tiempos, que comenzamos en la primera parte de esta nota, publicada en Tramas n. 62.

En esta oportunidad, presentaremos resultados de la Encuesta que lanzamos a propósito del pasado Día de la Madre.

Concebimos esta herramienta como una forma de acercarnos a diversas situaciones de maternidad, a través de preguntas cerradas y abiertas con eje en los modos en que se distribuyen los tiempos, en las huellas en las trayectorias laborales y sentidos sobre experiencia de maternidad. En primer lugar, presentamos los datos cuantitativos que resultan de las preguntas cerradas y luego abordamos los relatos que surgieron de las preguntas abiertas. Finalmente, planteamos algunas puntas para el análisis y la reflexión.

Las encuestadas. La encuesta circuló en redes sociales, alcanzando 155 respuestas.

En su mayoría, participaron mujeres madres de Bahía Blanca; pero también se sumaron de otras localidades de la provincia de Buenos Aires (Punta Alta, Monte Hermoso, Pedro Luro, Dorrego, Torquinst, Coronel Pringles, Coronel Suárez, Pigüé, Tres Arroyos, Chaves, Tandil, Olavarría, Ayacucho, Carmen de Patagones, Vedia, Felipe Solá, Lomas de Zamora, Dolores, Lanús, Villa Ballester, Caseros, Los Polvorines, Dolores), de CABA, Santa Rosa, San Juan y hasta hubo respuestas de México (Ciudad de México, Toluca, Veracruz y Monterrey).

Respondieron madres que tienen de 21 a 72 años. En cuanto a las edades en que tuvieron a sus primerxs hijxs, la edad promedio fue de 27 años. En los extremos se registraron diez casos de maternidad adolescente (de 15 a 19) y tres de más de 40 años.

La gran mayoría (85.2%) aún vive con al menos unx de sus hijxs. El 43,2% tiene 1 hijx; seguido por el 37,4%, que tiene 2 y el 13,5%, que tiene 3. Sólo el 5,8% tiene 4 o 5 hijxs.

En cuanto a las ocupaciones, hubo diversas respuestas; destacándose especialmente las docentes, que representaron el 34% del total. Otra particularidad del grupo de personas que respondió es el alto nivel educativo: el 80% tiene formación terciaria/universitaria.

MATERNIDADES Y TRABAJOS

Como analizamos en la primera parte de esta nota, en la raíz de las posiciones que ocupamos las mujeres en el mercado laboral, está la sobrecarga de las tareas domésticas y de cuidados, asociada a representaciones y estereotipos de género.

De esta manera, podemos observar que la tasa de actividad es menor que la de los varones. Es decir, que hay más mujeres en edad de trabajar (fuera de la casa) que no participan del mercado laboral.

Por otro lado, las mujeres ganamos menos que los varones. Este fenómeno se denomina brecha salarial de género y se vincula con que las mujeres tenemos empleos con peores condiciones laborales. En este contexto ya desigual, las mujeres que tienen hijxs ganan menos que las que no. Y las mujeres negras e indígenas ganan menos que las blancas.

De acuerdo la economista feminista Mercedes D’Alessandro (ahora Directora de Economía y Género del Ministerio de Economía, autora del libro «Economía feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria sin perder el glamour»), así se pone de manifiesto una precarización maternal:

“Las estadísticas nos muestran que en la Argentina, 5 de cada 10 mujeres con hijos tiene un trabajo precarizado en donde no cuentan con derechos básicos como licencia de maternidad, días de enfermedad o estudios, vacaciones, aguinaldo, aportes a la seguridad social. Además, suelen tener menos posibilidades de ascenso que sus compañeros varones (con o sin niños a su cargo), e incluso que otras mujeres sin hijos; también ganan en promedio un 16 por ciento menos que ellas. Los niños en el hogar hacen que las mujeres trabajen menos (fuera de la casa) y los padres más: en ausencia de hijos la brecha de participación es de 15 por ciento y se duplica cuando hay más de dos niños.”  

Junto con esto, podemos nombrar otras situaciones que la economía feminista ha contribuido a visibilizar, como la segregación vertical y la horizontal. La primera de ellas, remite al hecho de que las mujeres tengamos más obstáculos para acceder a mejores puestos (piso pegajoso- techo de cristal). La segunda se vincula a la feminización de determinadas ocupaciones, que se presentan como extensiones de tareas reproductivas y de cuidados (paredes de cristal). En este marco podemos entender dos datos contundentes que nos trae D’Alessandro e ilustran estos fenómenos: – Las mujeres solo ocupan el 5,6 % de  las sillas de  los directorios de las 100 empresas más grandes y entre las 500 empresas más grandes de la región solo 9 tienen una mujer en la presidencia (el 1,8 por ciento del total). –Más allá de los importantes cambios en el mercado laboral; hoy, como hace cien años, la mayoría de las mujeres son empleadas domésticas, maestras y enfermeras.

En caso de que haya más de un ingreso en el hogar y sea necesario decidir quién se queda en casa a cuidar a lxs niñxs, es más probable que se resigne el empleo de peor calidad.

En este círculo, las mujeres ven limitadas sus posibilidades de lograr su autonomía económica y de desarrollarse laboral y profesionalmente. Se trata de una tendencia general e invisibilizada, ya que se naturaliza que estas tareas les corresponden a las mujeres y que, además, deben hacerlas por amor. Aunque de otra manera, los varones también se ven afectados; en tanto la figura del “proveedor” en muchos casos les limita la posibilidad de disfrutar y tener mayor participación de la crianza de sus hijxs.

En síntesis, como plantea la citada economista:

“La asimetría en la distribución del trabajo doméstico es una de las mayores fuentes de la desigualdad entre varones y mujeres, es algo que trasciende la brecha salarial. Al ser las mujeres quienes más tiempo dedican a estas tareas no pagas disponen de menos tiempo para estudiar, formarse, trabajar fuera del hogar; o tienen que aceptar trabajos más flexibles (en general precarizados y peor pagos) y terminan enfrentando una doble jornada laboral.”

Empleo, cuidados y tiempos

En este punto, plantearemos datos generales sobre la distribución de los tiempos y la inserción laboral de las encuestadas.

En cuanto a la Actividad de las encuestadas, se registró la siguiente distribución:  

Fuente: Elaboración propia en base a Encuesta sobre Maternidades, trabajos y cuidados – Tramas.

Ante la opción de detallar, se relevaron muy diversas ocupaciones; que fueron reagrupadas en las siguientes opciones.

Fuente: Elaboración propia en base a Encuesta sobre Maternidades, trabajos y cuidados – Tramas.

Como podemos ver y adelantábamos al comienzo, se observa una importante mayoría de docentes y, en segundo lugar, trabajadoras sociales. De este modo, podemos explicar en parte el hecho de que casi el 70% sean asalariadas formales (centralmente, del sector público). Asimismo, considerando que se trata de ocupaciones que requieren título habilitante, los dos primeros puestos contribuyen en gran medida al elevado nivel educativo de las personas que respondieron la encuesta:

Fuente: Elaboración propia en base a Encuesta sobre Maternidades, trabajos y cuidados – Tramas.

Como veremos más adelante, la formación ocupa un lugar fundamental entre los intereses de quienes respondieron la encuesta.

Por otro lado, en relación a la cantidad de horas dedicadas al empleo remunerado, obtuvimos los siguientes resultados:

Fuente: Elaboración propia en base a Encuesta sobre Maternidades, trabajos y cuidados – Tramas.

A primera vista, podemos decir que se destaca con el 57% la dedicación de 0 a 20horas, lo cual nos habla de una preponderancia de empleo de media jornada.

En relación con este punto, consultamos acerca de los recursos utilizados para compatibilizar empleo remunerado y tareas de cuidados. Podían elegirse múltiples opciones. En el siguiente gráfico, podemos ver el detalle:

Fuente: Elaboración propia en base a Encuesta sobre Maternidades, trabajos y cuidados – Tramas.

En indiscutible primer lugar, aparecen las ayudas de familiares; con el 58%. En segundo término, está la alternancia con otra persona con la que se cría a lxs hijxs, con el 45%. Con menos respuestas, pero en el mismo subgrupo, podríamos ubicar a la opción de la ayuda de vecinxs y amigxs, con el 12%. Estas respuestas hablan de la importancia de las redes para sostener los cuidados. Redes solidarias también invisibilizadas.

En tercer lugar se eligió la opción de empleo durante la jornada educativa, con el 36%. Según se combine o no con otras de las estrategias, puede ser un indicativo de la incidencia de empleos de media jornada que vimos anteriormente.

La diversidad de opciones restantes nos dice algo sobre la organización social de la provisión de los cuidados. ¿Por qué está tan concentrada en lo familiar?, ¿qué pasa con quienes no pueden “pagar una niñera”?, ¿y el Estado?, ¿qué rol cumplen las organizaciones comunitarias?

D’Alessandro vuelve a darnos una pista para pensar esta cuestión cuando plantea

“Si lográramos reorganizar este trabajo tan valioso de manera más equitativa entre varones y mujeres pero además, entre hogares, Estado e instituciones de cuidado, habría más oportunidades para una sociedad más igualitaria y feliz”

¿8 horas para trabajar, 8 para dormir y 8 para la recreación? Esta clásica fórmula hace agua por todos lados cuando tomamos en cuenta las tareas domésticas y de cuidados.[i]

Es por eso que quisimos dar cuenta de ello, consultando acerca de las horas dedicadas a distintas actividades en un día promedio. Las estadísticas laborales no suelen registrar específicamente el tiempo dedicado a las tareas domésticas y de cuidados. El único precedente al respecto es la inclusión de un módulo sobre uso del tiempo y trabajo no remunerado de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) realizada en el tercer trimestre de 2013. (De paso, les contamos que hace unos meses se anunció que se realizará una Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo y Trabajo no remunerado en el segundo trimestre de 2021, según informó Télam). 

Fuente: Elaboración propia en base a Encuesta sobre Maternidades, trabajos y cuidados – Tramas.

Vemos que las horas dedicadas a dormir (5,4 horas), al empleo remunerado (5,1 horas) y a las tareas domésticas y de cuidado (5,3 horas) están bastante parejas entre sí. La opción restante “Ocio y otras actividades…” tiene una proporción menor (3,9 horas). Acá debemos decir que cometimos un error: deberíamos haber diferenciado “ocio” de otras actividades como la militancia y el estudio.

En el siguiente gráfico, podemos saber algo más acerca de para qué actividades se desearía tener más tiempo:

Fuente: Elaboración propia en base a Encuesta sobre Maternidades, trabajos y cuidados – Tramas.

La mayoría dijo querer tener más tiempo para formarse, alcanzando al 53% de las encuestadas. Sin embargo, todas las opciones fueron elegidas por muchas mujeres. Se expresa acá la pobreza de tiempo, como otro de los fenómenos que caracteriza la participación de las mujeres en la división del trabajo por género.[ii]

¡Cuánto podríamos hacer con más tiempo! (O, mejor dicho, con una mejor distribución de tareas).

Huellas en trayectorias laborales

El 54% respondió que había cambiado su trabajo al momento de tener hijxs o cuando eran pequeñxs. Según los resultados de la encuesta, el 55% de las mujeres que cambiaron de trabajo no lo hicieron por uno de mejores ingresos y condiciones laborales.

El análisis de los relatos que se presentaron ante esta opción fue lo más enriquecedor y, a la vez, difícil de analizar (¿cómo resumir tantas historias?). La intención fue buscar puntos en común entre los relatos y organizarlos, con eje en el reconocimiento de las huellas en las trayectorias laborales.

“Más trabajo en casa, menos afuera”

En muchos relatos se planteó que ante el nacimiento de lxs hijxs o cuando ellxs eran aún pequeñxs, debieron renunciar, cambiar de trabajo o reducir la cantidad de horas. Como dijo una de las encuestadas: “Más trabajo en casa, menos afuera”

Para compatibilizar empleo con tareas de cuidados, otras plantearon que pasaron a trabajar en empleos más flexibles (precarios):

“Solo hacía trabajos independientes

“Estuve los primeros años con trabajos esporádicos hasta que me incorporé a mi trabajo actual”

“De operaria pasé a trabajar por horas en casas de familia”

Varias docentes dijeron que redujeron la cantidad de horas:

“Tuve que renunciar a horas en escuela rural por distancia y tiempo que me requería ir y volver”

“Trabajaba en 3 lugares. Dejé el de turno tarde de 16 horas semanales”

“Reubiqué horarios para compatibilizar con la escolaridad de mi hija”

“Menos horas y en horario compatible con el trabajo de mi compañero para cuidar a mi hija”

Asimismo, algunas contaron que dejaron sus empleos ante la necesidad de asumir las tareas de cuidado de sus hijxs pequeñxs.

“No podía trabajar cuando eran chicos”

“Dejé de trabajar para dedicarme al cuidado”

“Con mi segundo hijo, renuncié porque lo que ganaba no me daba para pagar una niñera”

“Cuando mis niñxs eran pequeñxs, tuve que relegar el trabajo asalariado, por el trabajo de la reproducción social de mi familia”

“Tuve que dejar de trabajar porque no podía cumplir con la casa, la crianza y además trabajar”

La necesidad y la elección se entremezclan en las interrupciones en las trayectorias laborales de las madres de lxs más chicxs. En algunos casos, el peso de la elección aparece con más fuerza:

“Dejé de trabajar al tener mi primer hija porque prioricé estar con ella ya que no estaba garantizada la estabilidad laboral por problemas de la empresa”

“Quedé viuda a los 28 años con un hijo de dos años, trabajaba en comercio y me aboqué a la docencia para mejorar mi tiempo de maternidad”

“Además de docente, trabajaba en un municipio. Cambié por consultorías. Más dinero por menos tiempo de trabajo y podía estar con mis hijxs”

Trabajar como si no fueras madre/Ser madre como si no trabajaras (afuera)

En línea con lo anterior, varias hicieron referencia a cómo vivieron la incompatibilidad entre empleo remunerado y tareas de cuidados. Hablaron de la rigidez ciertos empleos, de las presiones y hasta de situaciones de discriminación y violencia laboral.

“No pude volver a mi trabajo, había estado 11 años allí, pero con una hija mi disponibilidad ya no era exclusiva y eso no les sirvió.”

“Soy enfermera. Tuve que renunciar porque crío sola y en el trabajo en el hospital no se tiene contemplación y se sigue rotando de horario por semana”

“He tenido que buscar empleos en los que me permitan tener a mis hijos conmigo. En dos me han despedido porque mis hijos crecieron y ahora son más inquietos… eso me dijeron”

“Sufrí violencia laboral por mi situación de maternidad. Constantemente me empezaron a exigir de más, y me exigían de que si no cumplía que llevara a mi bebe al trabajo (trabajaba en zona rural a más de dos horas de viaje y estaba dando la teta), y ante mis constantes negativas me empezaron a hostigar y perseguir. En esa situación tuve un pico de estrés y ansiedad que terminó con un brote psicótico en una reunión de trabajo donde me estaban violentando nuevamente. Y nunca más pude volver a ese lugar. Estuve 2 años de licencia psiquiátrica con tratamiento y no pude volver… Mi hija no cumplía el año cuando me paso lo de la reunión y estaba en plena lactancia. Tuve que renunciar y buscar otro trabajo, de peores condiciones y salario.”

“Me desempeñaba como profesional en calidad de contratación de servicios, trabajo de condiciones precarias por lo cual se me rescindió el contrato el día del parto.

“Muchas veces dejé de ir a actos del colegio para demostrar que la maternidad no era un obstáculo para mi trabajo. Trabajaba más cómo si tuviera que demostrar que tener hijas no me impedía desempeñarme de la mejor manera. También tuve que trabajar más de lo que yo deseaba, durante los años posteriores a mi divorcio en los que mi hijas estaban en edad escolar.

Aparece también el malestar ante la imposibilidad de “cumplir con todo”:

“No cambié de trabajo por priorizar la estabilidad laboral. Pero claramente siento que tanto mi trabajo como mi rol materno se ven afectados mutuamente.

“Se separaron los socios de la empresa. Seguí trabajando con uno de ellos pero quedé absolutamente precarizada… tuve que dejar de trabajar porque entre lo que ganaba y la cantidad de horas que me implicaba el trabajo más los viajes laborales no era redituable y me terminaba generando un déficit en lo económico y en lo emocional con respecto a mi maternidad”

Como vemos, tener hijxs pequeños incide de distintas maneras en las trayectorias laborales. En algunos relatos, puede verse más claramente impactos importantes o duraderos.

“Nunca pude conseguir un buen trabajo remunerado y en blanco por tener hijos, lo que conseguía no me alcanzaba para pagar niñera, así que siempre fui sobreviviendo con un kiosquito en casa o algunas changas que podía hacer sin descuidar los niños”

“Estaba viviendo en otra ciudad, estudiando mi segunda carrera y tuve que volver a mi ciudad natal y dejar mi carrera. Cambié de escuela”

“Dejé de estudiar y formarme para trabajar vendiendo comidas”

“Dejé de lado trabajos por tener niños pequeños”

“Desde mi primer hija fue una traba ser madre para conseguir un trabajo. Perdí la posibilidad de postular y acceder a muchos buenos trabajos para los cuales hay que ser soltera, sola y sin ninguna carga familiar”

Asimismo, podemos se ven reflejados los obstáculos para acceder a mejores puestos (techo de cristal):

“Cuando mi hija tenía tres años no pude ingresar a carrera en el CONICET, y comencé mi carrera docente en la UNS”

“Si no tuviera un hijo tan pequeño ya hubiera cambiado el cargo”

“He tenido buenos empleos y soy buena empleada pero no he podido crecer por tener que ser madre también y no disponer del tiempo que me requería un ascenso”.

A veces, tener hijxs supone trabajar más fuera de casa o elegir, si se puede, un empleo más seguro.

“Mantuve uno y trabajaba alternativamente en otros. Llegué a tener 4 empleos para llevar adelante la casa.”

“Tuve que tomar un trabajo donde gané menos que antes, pero con estabilidad laboral y obra social.”

“Pasé de trabajar en EOE de escuelas realizando suplencias  a trabajar para el municipio ya que me daba seguridad económica.”

Aunque se parte de situaciones diferentes, en general observamos en los relatos que la necesidad de “compatibilizar” horarios, es decir, de asegurar los cuidados de lxs hijxs; significó una pérdida de oportunidades (de acceder a un empleo de calidad, de ascender, de formarse…).

Ante la pregunta “La maternidad ¿ha incidido en tu trayectoria laboral/profesional?”, el 67% de las mujeres respondió que  Sí, un 12% dijo no estar segura y el 21% que no. Bajo la opción de “Ampliar” la respuesta, se plantearon impresiones más generales sobre las propias experiencias.

Muchas contaron que les quedó pendiente la finalización de estudios, que tuvieron que dejar por falta de tiempo y energía. En el mismo sentido, hablaron de los límites a las posibilidades de capacitación profesional.

No obstante, algunas de las madres más grandes contaron que pudieron cumplir con asuntos pendientes, cuando sus hijxs ya habían crecido:

“Pasaron 30 años con trabajos de diferentes horarios y el estudio terciario lo comencé a los 49 años”

“Recién logre tener una profesión cuando mis hijos se independizaron”

En la misma línea, varias plantearon que al ser madres han tenido menos tiempo para participar en reuniones y viajar a congresos. 

La cuestión de la distribución entre tiempos para el empleo remunerado y los cuidados aparece nuevamente en las reflexiones que suscitó esta pregunta. Veamos algunas:

“El cuidar insume mucho tiempo y cabeza. He tomado decisiones teniendo en cuenta las tareas de cuidado que realizo y la maternidad que deseo. Y, a su vez, estas tareas y responsabilidades que ocupan mucho tiempo (real y mental) a veces dificulta que una pueda estudiar, asistir a lugares, cumplir con tiempos establecidos.”

“Muy difícil compatibilizar trabajo y maternidad, le doy menos importancia al trabajo y solo el tiempo que sea necesario y pago.”

Pude hacer las dos cosas sin que entraran en conflicto”

“Siempre quise y luché por ambas”

“Me cuesta mucho organizar el trabajo en casa y el cuidado de mis hijas. Termino esperando a que se duerman para corregir o preparar trabajos y duermo muy poco

“La maternidad cambió el eje laboral y profesional. Percibo que no tengo energía ni tiempo para profundizar en este ámbito”

“Siempre busqué puestos que me permitieran estar más tiempo con mi hijo

“Me vi condicionada a poner en un lugar central las tareas de cuidados, ya que solo recaían en mí

“Siempre pude trabajar y desempeñar mi rol compartido con mi marido”

Como venimos viendo, las elecciones y las necesidades se cruzan a la hora de pensar cómo resolver los cuidados en un contexto social en el que estos se instituyen como una “responsabilidad femenina”.

Aparecieron además otros planteos, que iluminaron nuevas aristas del asunto.

Algunas mujeres mencionaron que la incidencia de la maternidad en sus trayectorias laborales tuvo que ver con la aceptación de trabajos con mayor estabilidad laboral, pero alejados de sus intereses profesionales. Otras, se refirieron al desafío de reinsertarse laboralmente  después de haber sido expulsadas tras el parto o haber decidido en un primer momento dejar un empleo remunerado para poder cuidar a lxs hijxs pequeñxs.

Las encuestadas hablaron también de otro impacto, ligado al cambio de perspectiva que implicó para ellas la experiencia de ser madre. Una de ellas, trabajadora social y docente, planteó las incidencias de la maternidad en sus empleos:

“En el cargo de OS, a entender cuestiones de crianza, mejorar la empatía, fundamental en mi cargo. En el de profe a tener más paciencia, ser más explicativa.”

Este mosaico de relatos nos acerca a reconocer las diversas experiencias reales y situadas de maternar; a pensar los estereotipos detrás de la asignación “natural” de las tareas de cuidados a las mujeres/madres. Sacar a la superficie todo ese trabajo no remunerado y demostrar su centralidad para que el mundo ande; registrar sus impactos en las trayectorias laborales, profesionales, militantes y de vida de las mujeres… puede abrir la puerta a una comprensión más profunda de la sociedad en la que vivimos. Comprender para transformar.

“ESO QUE LLAMAN AMOR ES TRABAJO NO PAGO”. SÍ, PERO…

Con esta frase, exponemos todas esas tareas invisibilizadas con las que cargamos, principalmente, las mujeres. De esta manera, llamamos la atención sobre ese “chantaje emocional” que impone el capitalismo, asociado al mandato de la maternidad, que nos coloca como las responsables de todo ese cúmulo de trabajo no pago. En palabras de Cynthia Dewi Oka:

“En tanto sistema de organización basado en la acumulación privada de ganancia, más que en garantizar la supervivencia y bienestar del colectivo, el capitalismo requiere que las necesidades humanas sean cubiertas al mismo tiempo que son presentadas como irrelevantes. Así es que maternar, como práctica social, existe en un estado de paradoja: culturalmente idealizada (en su forma supremacista blanca) y, aún así, sin ningún valor social o económico. Literalmente, ‘no tiene precio’”[iii] [traducción y resaltado nuestro].

En ese maternar como verbo, se juegan experiencias que trascienden y cuestionan el mandato hegemónico de la maternidad.

Leo las respuestas a la pregunta “¿Qué es para vos ser una ‘buena madre’?”, tratando de encontrar puntos en común, relatos a destacar que sean representativos de sensaciones e ideas… Y, como cuando era estudiante y dejaba las fotocopias húmedas de tanto resaltador, no puedo dejar nada afuera: todas las palabras son palabras claves.

Aparecen verbos comunes: amar, acompañar, cuidar. Deseos que se repiten: que sean libres, que sean felices, que sean buenas personas.

A su luz reviso todos los otros resultados. Como mujeres tenemos peores trabajos, menos posibilidades de alcanzar mejores puestos, más cargas, menos tiempo; todo al cuadrado cuando somos madres… ahora, ¿sólo de eso se trata? Las mismas que hablaron de las huellas en las trayectorias laborales y educativas, en las decisiones que se vieron empujadas a tomar para garantizar los cuidados de sus hijxs… son las que ante la pregunta desbordaron lo culposo y compartieron aprendizajes, dudas abiertas, sentidos íntimos. Y, sin negar las opresiones, se explayaron sobre lo potente.

Entonces, trato de conjurar un ruido que surge de esa síntesis feminista. “Eso que llaman amor es trabajo no pago”. Sí, pero…

También es amor.

Lo digo y quiero despejar, de una, esas imágenes de maternidad de tapa de revista, cargadas de romanticismos en abstracto.

Me pregunto: ese amor con el que nos chantajean para que nos posterguemos, para que nos hagamos cargo de todas esas tareas porque “es lo que toca”… ¿es el nuestro?

¿Por qué no desatar “el amor maternal” de la abnegación, la sumisión, la renuncia a la autonomía, la reclusión en lo doméstico?

No es un ejercicio intelectual: es algo que ya hacemos. Las formas de ser madre desbordan realmente el mandato de un amor “institucionalizado”.

Contra una maternidad individual, en soledad; podemos ver que muchas veces las mujeres se movilizan e irrumpen en la escena pública desde la politización de su condición de madres. Al organizarse, crear y mover con otrxs, amasan cambios que las trascienden.

Pensemos en “las” madres. Nuestras madres y abuelas de Plaza de Mayo. O en Cristina Castro, en Susana Trimarco. Nada más alejado de ellas que la debilidad sumisa: su amor es resistencia y empuje. Y hacen de su maternidad algo colectivo: en sus reclamos, empiezan a ser madres de todxs lxs desaparecidxs, de todxs las víctimas de trata, de todxs lxs pibes que sufren violencia institucional, policial…

Precisamente por los roles que cumplen al llevar adelante estas esas tareas de cuidados esenciales para la sostenibilidad de la vida, las mujeres son las que están al frente de las peleas por la educación, la salud, el hábitat y el medio ambiente; las que más sufren las consecuencias de las políticas de ajuste… En este sentido, en el Manifiesto por un Feminismo del 99%, publicado en 2019, se describe una tendencia global que se vuelve más nítida con la pandemia: 

“Aunque éstas siempre han sido fundamentales, las luchas por la reproducción social son especialmente explosivas hoy en día, ya que el neoliberalismo exige más horas de trabajo asalariado por hogar al tiempo que retira el apoyo estatal para el bienestar social, exprime a las familias, las comunidades y, sobre todo a las mujeres hasta el agotamiento. En estas condiciones, las luchas en torno a la reproducción social se han desplazado al centro del escenario, con el potencial de alterar todos los aspectos de la sociedad.

Imagen: Jose Nico, Página/12. Asamblea feminista de la Toma de Guernica, Septiembre 2020.

En la misma línea de análisis, la reconocida pensadora y militante feminista Silvia Federici, se refiere en su libro “El patriarcado del salario” a la potencialidad del reconocimiento de las tareas domésticas y de cuidados:

“Darse cuenta de que el trabajo femenino no remunerado que se realiza en el hogar es fundamental para la producción de la fuerza de trabajo no solo redefine el trabajo doméstico, sino la naturaleza del propio capitalismo y de la lucha en su contra.”

Movilización en Nueva York, 1970. “Las mujeres demandamos instituciones de cuidado/guarderías”.

Ante el ninguneo y devaluación de las tareas vinculadas a la sostenibilidad de la vida, que hacen mayormente las mujeres… ¿qué pasa si reivindicamos las conjugaciones del maternar? Amar, cuidar, compartir, proteger, guiar, nutrir, sembrar, sostener, abrazar, aprender, enseñar, inspirar, comprender, resistir, crear, consolar, acompañar, jugar …

Más allá de si quienes las hacen pueden/eligen o no gestar o parir, podemos pelear por el reconocimiento de estas acciones y traerlas al centro: trastocar las prioridades y las relaciones. En el contexto de crisis y pandemia mundial que vivimos, más que nunca es necesario discutir la distribución de las tareas, debatir las fronteras de la jornada laboral, pensar en otras formas de organizar la vida y los trabajos.

Porque lo maternal, también es político.


[i] La fórmula 8-8-8 tampoco cierra si pensamos en los tiempos del sueño como terreno de disputa para la productividad y el consumo en el capitalismo contemporáneo… pero eso ya fue tema de la nota Hasta en los sueños… Lo que la pandemia expone y acelera”, publicada en Tramas n. 39. “La jornada laboral” también fue abordada en un informe especial publicado en Tramas n. 9).

[ii] Ver “Debajo de la superficie. La división del trabajo por género”, publicada en Tramas n. 12.

[iii] Traducción propia del inglés. “Mothering as Revolutionary Praxis”, de Cynthia Dewi Oka. Capítulo del libro “Revolutionary Mothering. Love on the front lines”, editado por Alexis Pauline Gumbs, China Martens y Mai’a Williams. 216, PM Press.

3 comentarios

  1. […] A propósito del Día de la Madre, hicimos una encuesta que buscó reconocer los diversos sentidos y situaciones sobre el maternar, observando los vínculos con los tiempos de cuidados, las trayectorias educativas y laborales, los proyectos. La nota se entregó en dos partes (Ver Maternidades, trabajos y tiempos I y II). […]

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